Experiencia de voluntariado en el Cuerpo de Solidaridad Europeo, por Miriam Alba Reina

Ser joven tiene tantos significados como queramos darle. Google, por ejemplo, nos relaciona con la proactividad contra el cambio climático, el emprendimiento, la energía y la inquietud –bueno, también con cuán tersa es nuestra piel–, la tolerancia, el aprendizaje, el buscar y no encontrar, y el buscar dos veces y encontrar lo que buscabas la primera vez. En esto último mi madre está muy de acuerdo, y posiblemente también lo estuvo la Comisión Europea cuando en el año 1996 planteó un proyecto llamado Servicio Voluntario Europeo (SVE). Reconvertido recientemente en actividades de voluntariado a través del actual Cuerpo Europeo de Solidaridad (CES), esta movilidad ofrece a los jóvenes de entre 17 y 30 años la posibilidad de viajar y dedicar durante una duración máxima de un año su tiempo a colaborar con una entidad que se dedique a actividades culturales, medioambientales, sociales, educativas o deportivas, entre otros ámbitos. En mi caso, fueron los demandantes de asilo en Bélgica.

Mi nombre es Miriam Alba, tengo 22 años y desde septiembre de 2018 colaboro con Vluchtelingenwerk Vlaanderen (Flemish Refugee Action) en su proyecto “Startpunt”. Actualmente, la ciudad donde se encuentra basado el proyecto y, por supuesto, la ciudad donde resido es Bruselas.

Cuando me preguntan sobre cómo fue el procedimiento de adaptación e integración podría alegar al final de Hamlet o cualquier tragedia shakesperiana y me representaría enormemente. Fue bastante cuesta arriba. La ciudad es enorme, frenética, llena de gentes, ruido (y música, aunque me tomó su tiempo empezar a escucharla) y multicultura. Sobretodo multicultura. Durante los primeros meses jugaba a contar cuántos idiomas podía escuchar desde que salía de casa hasta la parada de metro más cercana (10 minutos caminando) y el récord está en seis idiomas, de los cuáles dos ni tan siquiera pude identificar. Bélgica, en general, es un país enormemente particular y Bruselas, que hubiese tenido más que suficiente responsabilidad siendo la capital de la cerveza y de este país trilingüe, es la capital europea con toda la responsabilidad que ello conlleva.

Este aturdimiento por las enormes dimensiones me duró 3 meses. No era la primera vez que viajaba fuera de España. De hecho, era el tercer país donde vivía por un largo periodo (anteriormente había vivido en Alemania y Holanda), por lo que asumí que mi adaptación iba a ser mucho más temprana de lo que realmente fue. Mi organización de envío, Fundación Montemadrid (y especialmente la Responsable del Punto de Información de Voluntariado de la Fundación en La Casa Encendida, Natalia Sacristán), siempre estuvo recordándome que el prólogo también es parte de la historia, aunque sea lo más complicado de leer. Siempre tuvimos una comunicación cercana y abierta y eso hizo todo mucho más fácil. Me animaba a comunicar a mi organización de acogida en qué fase del procedimiento de adaptación estaba y cómo me sentía. Siempre fue comprensiva, accesible y cercana para cualquier mínimo detalle que me apeteciese compartir.

Después de estos meses comencé a tener una mejor gestión de mi tiempo y de las –célebres– horas de luz. Empecé a adaptarme al proyecto y a hacer amigos y deporte. Ahí empezó la verdadera chispa del Cuerpo Europeo de Solidaridad.

Mi proyecto en Vluchtelingenwerk Vlaanderen, se dedica a proporcionar información sobre la demanda de protección internacional en Bélgica y trabaja en primera línea de contacto con demandantes de asilo y refugiados. Mis tareas específicas resultan tan variadas como esenciales para la organización y se basan, a grandes rasgos, en:

Proporcionar información directa a demandantes de asilo sobre procedimiento legal y acceso a derechos fundamentales. Cada mañana, junto a un grupo de voluntarios, nos aproximamos a la oficina de Migración para distribuir folletos en 14 idiomas e información, en mi caso, en español, inglés y francés sobre cuáles son las fases del procedimiento de demanda, cuáles son los derechos fundamentales y cómo tener acceso a los mismos. Dado que la información es realmente técnica y completamente ajena a mis experiencias anteriores, tuve que estudiar un poquito hasta contar con el conocimiento y la confianza suficiente como para ejercer la labor divulgativa y atender a las cuestiones que cada día se planteaban.

Coordinar el equipo de voluntarios y apoyar la gestión administrativa. Además de realizar diariamente los turnos informativos, coordino los equipos para hacerlos equitativos en cuanto a lenguas se refiere. En otras palabras, organizo los equipos para contar con los idiomas básicos en los que proporcionamos información: árabe, francés, inglés, farsi/dari y español. Y, a modo complementario, me encargo de la sección administrativa que cubre la realización de los contratos de trabajo y la gestión del reembolso del transporte para todo el equipo de voluntarios.

•Y, finalmente, organizar eventos y gestionar las comunicaciones internas. Como he comentado, formar parte de nuestro equipo requiere un conocimiento amplio del procedimiento legal, pero también detalles de la aplicación práctica de la ley. A este respecto, mi organización cuida extremadamente la información proporcionada a los demandantes de asilo y organiza estructuralmente formaciones que tratan de trasmitir desde conocimientos básicos de la ley, hasta “cómo reaccionar ante un comportamiento potencialmente violento”. Como foco de comunicación, no sólo contacto con proveedores de las distintas formaciones y los participantes, sino que realizo la gestión de detalles logísticos y organizativos.

«Mi proyecto en Vluchtelingenwerk Vlaanderen, se dedica a proporcionar información sobre la demanda de protección internacional en Bélgica y trabaja en primera línea de contacto con demandantes de asilo y refugiados».

Si bien no todas estas labores me apasionan en la misma medida, la experiencia CES ofrece tantas oportunidades que siempre resulta fácil encontrar el balance. En mi caso, además, no sólo me decidí por el CES con objeto de estar en contacto directo con migrantes y demandantes de asilo, sino de entender, por medio de esta experiencia, si quería orientar mi futuro profesional hacia este campo por medio de una actividad en la que el contacto en primera línea y la comprensión técnica de la legislación convergiesen diariamente. Hoy, siete meses después de mi llegada y con más experiencias que ropa en la maleta, tengo las ideas mucho más claras.

«He encontrado grandes amistades, un equipo enorme de personas que hacen posible diariamente esta experiencia y lazos que unen a jóvenes movidos por las mismas inquietudes».

He tenido tiempo y me he tomado lo que algunos llaman gap year (año sabático) después de mis correspondientes cuatro años universitarios. He trabajado en un ambiente multicultural, integrándome gratamente tanto en la comunidad local como entre la comunidad de jóvenes participantes del CES en Bélgica. He entendido que, definitivamente, la cerveza ayuda a practicar idiomas y quizás no sea casualidad el hecho de que Bélgica sea un país trilingüe. Pero también he encontrado grandes amistades, un equipo enorme de personas que hacen posible diariamente esta experiencia y todos esos lazos que unen a la creciente comunidad de jóvenes europeos promovidos por las mismas inquietudes.

Si me preguntasen a mí qué significa ser joven hablaría de viajar, de encontrar palabras similares en idiomas que hace siete meses ni siquiera sabía que existían, de iniciar un periodo de aprendizaje y emprendimiento de tu propio proyecto, de convertir a tus amigos en familia y a tu familia en superhéroes desde la distancia y, sobre todo, de unir y no separar. Cada proyecto tiene su propio ADN y enseñará y traerá experiencias completamente diferentes. No obstante, todos los que en algún momento decidimos emprender esta experiencia coincidimos en algo: participar en una actividad de voluntariado con el CES trae, sin duda, evolución.

Quizás Google nos relacione con las protestas por el cambio climático. Yo, por el contrario, nos relaciono solo con el cambio.

👉Artículo escrito por Miriam Alba Reina, voluntaria del Cuerpo Europeo de Solidaridad en Bruselas.

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